Veo a mi padre con su caminar pausado, con su maleta llena de colores y cuadernos de dibujo, los grandes tesoros que protege bajo su brazo… ya no es el mismo. Tiene un diagnóstico de demencia fronto-temporal con grandes dificultades para el lenguaje además de trastornos del ánimo y de la memoria, todo esto tuvo un gran impacto en la dinámica familiar, pero les voy a contar lo que hizo en mí.

padre e hija

padre e hija compartiendo

Siento el peso de la responsabilidad, ya no es él quien me protege, ¡estoy exhausta!

Pero mi corazón me dice que

el amor es tan grande como para aceptar el ánimo con que se despierte cada día.

Todo el tiempo soy conciente que tengo padre…que bendición, pienso en muchos hijos que ni siquiera recuerdan a sus padres durante todo el día, el mes, o los años.

Cada amanecer lo conozco de nuevo, porque cada día es alguien diferente,

es como una conquista de amor;

debo hacer cosas para agradarlo, para tener su confianza, para sacarle una sonrisa, para que me de la mano o para darle un beso. A pesar de lo duro que es,

me da la oportunidad de crecer como persona, superar mis frustraciones, mi dolor o mi egoísmo.

Con el transcurrir de los años tendré que sacar ventaja de mis miedos: a que se lastime, le hagan daño, se burlen, lo maltraten o lo engañen;

gracias a él soy más fuerte cada día, más sensible, más amorosa. ¿Acaso no es eso lo que esperas que un padre te enseñe?

Es por todo eso que me dice mi alma, ¡no te rindas! No trates de buscar a quién ya no es, o que se ajuste a las normas de urbanidad o quizás que se ponga bien la corbata, acéptalo como es ahora, vive cada momento con la conciencia de su esencia.

Cuando añores lo que fue recuerda que el presente es el instante y es muy corto, hay poco tiempo para ser feliz, las cosas que fueron están de más.

Por: Paola Galvis Santamaría, médica, spaolagalvis@gmail.com.